JESUS PASTOR DURAN


Estaba en el Metro de camino al trabajo, mitad enamorado de la chica de ojos negros que acababa de subir en Portazgo, mitad pensando en dormir una buena siesta.
Después de un pestañeo para quitarme las legañas-de-recién-levantado, la chica había desaparecido, y todo lo que me rodeaba hacia un momento ahora era un bosque, en pleno Japón del siglo XIX.
Avancé por un camino hasta llegar a un lago donde se encontraba un hombre, un aristócrata japonés, y una mujer con la cabeza apoyada en su regazo en un traje naranja; era ella, la chica que acababa de ver en el metro hacia un instante
El hombre me pregunto
-¿Qué has venido a hacer aquí?
- Gusanos de seda.
Hablamos de gusanos de seda, de cómo había llegado hasta allí desde la línea 1 de Metro, y nos hicimos muy amigos, a pesar de no entender ni yo japonés, ni mi contertulio castellano, y que la chica de ojos negros no me quitó el ojo de encima a lo que yo correspondí de buen grado.
Se hizo de noche y fui dirigido hacia una casa de invitados donde me prepararía para la fiesta a la que había sido invitado
De camino al aposento, encontré el vestido naranja tirado en el suelo. Decidí corresponder a la señal dejando algo encima de el, una rosa, pero a falta de flores termine por dejar mi posesión mas valiosa, mi MP3.
La fiesta fue un éxito, el Sake contribuyo a solucionar los problemas del lenguaje con mi anfitrión y todos los invitados pasaron del amarillo asiático al rojo etílico; por supuesto ni se me paso por la cabeza aprovecharme del estado de embriaguez de la muchacha.
Tampoco hizo falta, al regresar a mi habitación allí estaba ella, (esto solo pasa en los libros), vestida con la oscuridad de la noche y sentí su aliento calido por el alcochol cerca de mí.
Desperté en el vagón, en pleno Madrid del siglo XXI, y en frente había un hombre de edad y borrachera avanzada
A mi lado, sentada, la muchacha de ojos negros, con un libro entre las manos; escrito en su portada amarilla “Seda”

 

Jesús Pastor Durán
Bibliotecario