ANA LOPEZ GOMEZ

Historia de un libro en tiempos de epidemia

A las ocho me despiertan a diario, impasibles encienden todas las luces y me sacan de mi letargo, no obstante, permanezco en duermevela hasta casi las nueve de la mañana.
Ayer cambiaron a mi amigo de toda la vida, lo llevaron la hospital, yo lo veía mucho más delgado, algo pálido y desmejorado, pero por pudor no quise decir nada, a mi no me gustaría que lo hiciesen, aunque yo aún soy joven y hermoso.
A media mañana un compañero de estante me dice que ha visto a mi amigo, las personas que nos cuidan ya no albergan ninguna esperanza y se les ve preocupados, dicen que hay que buscar más casos similares, es posible que por eso haya habido tanto movimiento esta mañana, parece ser que han encontrado más compañeros con las mismas características; es posible que suframos alguna clase de epidemia.
Poco más tarde y después de conocer las malas noticias a todos nos ha comenzado a entrar un miedo irracional en cada una de nuestras hojas. He intentado esconderme, pero unas manos presurosas me han atrapado, no quiero abrirme, no quiero desvelar los secretos, me atenaza un profundo miedo.
He descubierto un truco infalible para no estar en uso, mientras me leían, me he desgarrado un poquito tan solo el lomo, ha sido doloroso, pero a fin de cuentas es por culpa de esa vieja herida de guerra que nunca cicatriza. Mi lector me ha portado con cuidados hasta la bibliotecaria.

- Perdona...
- Si Dime.
- Este libro se ha desencolado
- De acuerdo déjalo aquí y en un par de días a lo sumo volverá a estar en su sitio.

La bibliotecaria me ha dejado sobre la mesa y entonces he podido ver a mi infatigable amigo, lacónico y expuesto para el escarnio público, más de la mitad de sus hojas arrancadas; un escalofrío ha recorrido mis pastas.
Me muevo levemente por la mesa, es posible que si me escondo no me encuentren y no sufra tan fatídico destino.
Me rescatan de mi anonimato y encolan mi lomo, comento la epidemia con unos cuantos vecinos de cama, todos confirman mis dudas y temores, nadie se salva de la masacre y a mi comienza a entrarme un sudor frío al pensar en las láminas que albergo y de las que me antaño me sentía tan orgulloso.
Vuelvo a mi estantería con mis conocidos y amigos, los bibliotecarios maldicen entre ellos por culpa de este maldito virus, pero no pueden hacer nada más que esperar que no siga extendiéndose.
Cae la tarde en la cristalera frente al estante, las hojas de los árboles comienzan a agitarse y yo me tomo una merecida siesta.
Adormilado me sacan de mi estante, no me llevan a una mesa – consulta rápida, pienso – y ni me molesto en despertarme.
Una cuchilla afilada rasga insaciable e impasible todas mis hojas, lloro tinta, sangro cola, grito letras.
El fin ha llegado.

Ana López Gómez
Bibliotecaria.