LEER MAS, VIVIR MAS

Por Antonio Gómez Rufo
(Texto de la conferencia Inaugural de la VI Edición de Vallecas Calle del Libro)

Buenas tardes.

Permítanme, antes de nada, manifestarles la satisfacción que siento por habérseme dado la oportunidad de pronunciar la Conferencia de Inauguración de la VI Edición de VALLECAS, CALLE DEL LIBRO, una iniciativa cultural de la que nos sentimos orgullosos todos los madrileños y que debería servir de ejemplo, y creo que ya lo está siendo, para muchas otras ciudades y pueblos de nuestro país.
Es, por lo tanto, una distinción estar aquí y no quiero seguir adelante sin agradecer a los organizadores su amabilidad por haberme invitado y a todos ustedes mi gratitud por haber venido. Gracias.

EMPEZARÉ por decir que siempre que nos acercamos a la Cultura sentimos un extraño placer que a duras penas logramos explicar o describir. Tanto da si nos ponemos ante una exposición artística, una película, una obra de teatro, un concierto o cualquier otra faceta de las muchas que componen el Arte. Sabemos que nos gusta o que no nos gusta, aunque no sepamos explicar por qué. Y tampoco tiene por qué gustarnos a todos lo mismo: con las obras de arte pasa como con los amigos; no tienen que ser siempre los mejores los que más nos gusten o a los que más apreciemos.
Lo cierto es que una obra de creación cultural, como decía, nos puede gustar o no gustar.
Si no nos gusta, nos sentimos satisfechos intelectualmente y enriquecidos espiritualmente porque hemos tenido la oportunidad de valorar, juzgar y rechazar una obra, sin que el creador (por muy importante o famoso que sea) ni nadie más nos lo pueda impedir. Es nuestra decisión, nuestra libertad, y la ejercemos.
Y si, por el contrario, nos gusta esa creación… Entonces, si nos gusta la música, el cuadro, la película o el ballet, si realmente nos complace hasta gratificarnos, sentimos algo parecido a cuando nos enamoramos: es una sensación completa, global e inabarcable que se traduce en encontrar, compartir e identificarnos. La Cultura pues, en cualquiera de sus ámbitos o facetas, nos transmite emociones, nos agranda el espíritu y alimenta nuestra madurez humana. Y acercarnos a ella es darle sentido, por eso somos todos imprescindibles en el universo de la Cultura; es decir, los creadores y las creaciones no tendrían razón de ser, no existirían, si no hubiera al otro lado unos ojos, unos oídos, unos sentidos humanos que las contemplase y las juzgase.
Y si ello sucede con esas creaciones culturales, qué no decir de los libros. Si no hay quien los lea, sería como si no existiesen.
Leer es un abrazo que se dan el lector y el escritor; es reconocerse mutuamente, complementarse, demostrar que no serían posible el uno sin el otro. Cuántos libros se habrán escrito a lo largo de la historia que, por no llegar a ser leídos, en realidad es como si no hubiesen existido. ¿Se imaginan los millones de manuscritos que nunca fueron impresos, editados ni publicados? Papeles y más papeles que acabaron alimentando los troncos de la chimenea para templar las atardecidas invernales. Quizá hubo entre ellos muchas obras maestras, muchas historias maravillosas; o grandes enseñanzas, o gestas incomparables. Pero no tuvieron un lector y por ello no existieron. Sin ese abrazo de la lectura, un libro no es más que una gota de lluvia caída sobre el mar, una lágrima superflua.
Los escritores escribimos para comunicarnos con nuestros contemporáneos, para expresar lo que sentimos, para gritar lo que nos gusta o nos desagrada de cuanto sucede a nuestro alrededor.
Los escritores buscamos el calor de los lectores; compartir con ellos ideas, emociones y anhelos; comprometernos con nuestro tiempo. No digo que no haya literatura de evasión, de aventuras, de mero entretenimiento; y tampoco ignoro que cumple su función. Pero todos los libros, incluso los menos afortunados, si contienen literatura, contienen vida. Yo prefiero leer y escribir libros comprometidos con nuestro tiempo, con las cosas que nos suceden, con aquello con lo que nos podemos identificar, sea para compartirlo o para criticarlo. Entiendo la literatura como compromiso. Pero no la escribiría, ni escribiría nada, si pensara que no hay nadie al otro lado con quien abrazarme en ese lazo de complicidad.
Por eso no creo en declaraciones de falsa modestia cuando las palabras son pronunciadas por los artistas en general ni por los escritores en particular. Si Kafka hubiese deseado de verdad que su obra se hubiera quemado tras su muerte, como dejó escrito en su testamento, la habría quemado él mismo. No; en el fondo, todo escritor necesita comunicarse, ser leído, ser juzgado y ser recompensado, aunque la sentencia final sea desfavorable.
Por eso hablaba de lo imprescindibles que somos todos en la lectura. Sin lectores, no hay literatura. Menuda responsabilidad. Pensar que dando la espalda a los libros hacemos invisible la literatura, o la convertimos en inexistente, es una carga demasiado pesada para llevar sobre nuestra espalda. No. Una vez que comprendemos que sin todos y cada uno de nosotros no es viable la creación literaria, que desaparece la visibilidad de los libros, ya no podemos desentendernos.

POR CIERTO, ¿no se han fijado ustedes en los libros, ahí en sus estanterías? Tan quietos, tan firmes, tan expuestos y tan solícitos. Esperando que elijamos a uno de ellos, que lo tomemos en nuestras manos y que lo abramos. Porque abrir un libro es como invitarle a vivir con nosotros. A veces he pensado en ellos como en esas imágenes de las películas antiguas de mucho llorar en las que nos muestran a los niños de un orfanato en fila, ante un matrimonio que va a buscar a uno de ellos para adoptarlo y construirle un futuro de amor y hogar. Y pienso que si lo libros se están tan quietecitos, tan pacientes, tan disponibles ahí en la estantería, es porque nos necesitan. Quizá por ello nos suceda a muchos que, cuanto más amamos los libros, más libros nos gustaría llevarnos a casa.
Porque en ocasiones tenemos la ventura de toparnos con un libro que se nos había pasado totalmente inadvertido y su lectura se convierte en un auténtico hallazgo. Les contaré algo: hace una semana repasaba mi biblioteca en busca de un libro para leer y de repente, para extraer un título, tuve que apartar otro, una novela que alguien me había regalado y cuyo autor me resultaba desconocido por completo: Arto Paasilinna, o algo así, como observarán un nombre bastante impronunciable. E iba a volver a dejarlo en su lugar cuando algo me hizo abrirlo y leer las primeras líneas. Seis horas más tarde terminaba de leerlo, sin salir de mi asombro. Se trataba de una novela de un autor finlandés, ese que antes intenté pronunciar, titulada El molinero aullador, una novela divertida, sobrecogedora y brillante sobre un hombre de profesión molinero que, por tener la manía de aullar algunas noches, sus vecinos lo consideran loco y las autoridades consiguen finalmente internarlo en un manicomio. Pero no es sólo eso: esa novela nos demuestra que cada uno de los personajes que van pasando por sus páginas, cada uno de los vecinos del molinero con los que se relaciona, y que le afean su manía de aullar, tienen otras manías, pero no por ello son acosados, marginados, perseguidos y acorralados. Una novela pues, El molinero aullador, que ha sido para mí un hallazgo literario y una lección más que he aprendido en los libros: que cada uno somos como somos, con nuestras manías y con nuestras virtudes, y que andar juzgando a los otros es injusto si antes no somos capaces de juzgarnos a nosotros mismos. Como ven, no hay libro sin sorpresa.

Y ES QUE la literatura, la lectura, los libros, nos proporcionan muchos placeres. Placeres sensuales para muchos de nuestros sentidos. No voy a decir que también para el sentido del gusto, no quiero exagerar, aunque recuerdo que Jorge Ordaz escribió una divertidísima novela titulada Confesiones de un bibliófago que contaba la historia de un Club exclusivo y privado de gourmets que, en sus sesiones mensuales, se sentaban a la mesa para comerse y degustar un libro. Es una novela que siempre recuerdo, pero aquí y ahora no diré tanto como que hay que comerse los libros. Pero sí que nos proporcionan otros placeres a nuestros sentidos, que a mí, por lo menos, me lo proporcionan.
En primer lugar creo que es un placer para el sentido de la vista. ¿O no es magnífica la visión de una buena biblioteca, como esta, ordenada y limpia, abigarrada de libros a nuestra disposición?
También me resulta placentero para el sentido del olfato poder oler un libro; sobre todo si es nuevo, recién publicado. Me encanta ese aroma mezclado de papel, tinta y encuadernación, sobremanera si es en piel de vaca, aunque no es necesario. Tengo la sospecha que oler un libro recién impreso crea adicción.
¿Y no es placentero para el sentido del tacto acariciar el lomo de un libro, deslizar la yema de un dedo por sus páginas, pasar la mano por la carátula y estrecharlo?
Y además, claro, está el placer de leerlo, que es como asomarse a una ventana, compartir una aventura, identificarse, viajar a donde de otro modo no podríamos ir, participar de las alegrías y sufrimientos de sus personajes, vivir otras vidas…
En fin. Ya conocen ustedes el placer que les proporciona un libro. Sobra extenderse sobre ello.

POR ESO MISMO es tan importante que los libros no mueran, que no sean inexistentes, que les permitamos vivir, leyéndolos. Son importantes los libros y las bibliotecas, quiero insistir en ello ahora que estamos aquí, en una biblioteca, en una gran biblioteca como esta. Y creo que tan importante es respetar a los libros como a las bibliotecas, y tanto a las bibliotecas como a los autores, a los escritores que nos facilitaron y nos siguen facilitando, con su esfuerzo, su imaginación y su genialidad, historias maravillosas que nos ayudan a crecer y a reflexionar.
Y por eso creo que las bibliotecas son imprescindibles. Deben ser hogares bien dotados, con muchos medios y con muchos libros, con buenos bibliotecarios, como los que hay, y con la tranquilidad de conciencia de saber que cumplen su finalidad de ser silos para la cultura, alimento para la inteligencia y justas para todos, incluidos los lectores y los autores.
Y ello implica también que no se opongan a satisfacer los derechos de propiedad intelectual de los escritores; que las bibliotecas colaboren para que ese abrazo del que antes hablaba, entre autores y lectores, sea cada vez más estrecho, más cálido y más armonioso. En toda Europa se hace así; las directivas europeas sobre derechos de préstamo están aprobadas por todos los gobiernos, también por el de España. Que nada impida, pues, que ese abrazo no acabe nunca.

ESTE AÑO estamos participando en otro abrazo; estamos abrazados también a un acontecimiento del que no podemos dejar de hablar: el Cuarto Centenario de la publicación de la primera parte de El Quijote, impreso en 1605. Con ese motivo, se está levantando un grato vendaval literario, una catarata de actividades, conmemoraciones y actos de todo tipo que se está forjando como un homenaje que, a mi juicio, tiene muchos aspectos positivos:
a) El primero, extender la idea de que la Literatura es un arte esencial para el crecimiento intelectual y espiritual de los pueblos.
b) El segundo, y no menos importante, establecer una especie de tejido de complicidad en torno a la creación cultural española, una creación variadísima que vertebra una identidad y, con ello, una idea de nación, o de pueblo, o de patria cultural, no vayamos a discutir por ello. Una creación que aúna desde lo latino a lo árabe y desde lo celta a lo íbero; desde Séneca a la Córdoba de los poetas, desde la literatura en castellano a la creación en lengua provenzal, sea catalán, valenciano o como deseen denominarlo. Una cultura literaria, en fin, expresada en formas diversas, que nos permite comunicarnos y aprender.
c) Esta sucesión de actos tiene también un aspecto destacable porque nos permite mostrar firmeza en la apuesta por un código de signos, nuestro idioma, que muta y se rejuvenece, que está vivo y que constituye un patrimonio cada día más importante, no sólo porque nos expresemos en él sino porque cada vez son más quienes nos comprenden cuando lo utilizamos.
d) Y, asimismo, es importante esa celebración porque nos cabe la satisfacción de sabernos justos y agradecidos, formar parte de una ciudadanía madura que no escatima reconocimientos a quienes, como Cervantes, pusieron su esfuerzo y genialidad al servicio de sus contemporáneos y de cuantos les heredamos.

DICHO LO ANTERIOR, por desgracia no es de esperar que esta magna celebración cambie los hábitos de los españoles, concretamente sus hábitos de lectura, que como se sabe no son precisamente envidiables. Pero, para quienes creemos en la Literatura (con mayúscula), es una buena noticia observar que El Quijote se encuentra desde hace algunos meses en las listas de libros más vendidos, resignados como estábamos a encontrarnos en ellas tan solo el fruto de los departamentos de marketing de las editoriales: libros de escasa calidad literaria, novelas sin fundamento ni trascendencia y obras de mera oportunidad comercial.
Seamos sinceros: lo políticamente correcto es afirmar, sin ruborizarse, que todos hemos leído El Quijote. Decir lo contrario nos situaría en una posición de inferioridad, cuando no de conmiseración, frente a nuestro interlocutor, que no piensa reconocer que él tampoco lo ha leído. Y, sin embargo, la realidad es que muy pocos son quienes de verdad han leído, o hemos leído, la gran novela de Cervantes.
Y, ¿quieren que les diga una cosa?: A mí no me parece extraño ni escandaloso.
En primer lugar porque no es un libro fácil, y eso que hoy llega a nuestras manos con notas a pie de página, con una sintaxis corregida y con ciertos estudios preliminares que facilitan su comprensión. Porque, como se sabe, El Quijote fue escrito sin puntos y aparte, ni siquiera en sus diálogos; sin apenas signos de puntuación y, como es natural, en un lenguaje clásico que nos resulta hoy ajeno y con una estructura gramatical bastante distante de la que nos servimos en nuestros días para expresarnos.
En segundo lugar El Quijote no es fácil porque se trata de una obra discursiva, no de trama única, o en todo caso compuesto de mil tramas, susceptible cada una de ellas de crear una historia en sí misma; y el gusto del lector actual se inclina por la estructura clásica del planteamiento, el nudo y el desenlace.
Y en tercer lugar he de decir que tampoco es un libro sencillo porque ni los filólogos ni los críticos han terminado de ponerse de acuerdo sobre la idea que intentó trasmitir Cervantes a sus lectores, con interpretaciones que van desde la mera burla de los libros de caballerías (a lo que colaboró en buena medida el propio autor) hasta poder considerarse como el más ingenioso de los divertimentos literarios, siendo así que El Quijote sería para algunos sólo una obra de entretenimiento, sin otro afán.
Yo tengo mi propia opinión al respecto. Y mi opinión es que El Quijote trata de la esencia de la naturaleza humana, de la esquizofrenia que padecemos todos los seres humanos a la hora de comprender el universo que nos rodea y de decidir quiénes somos cada unos de nosotros en realidad: si locos o cuerdos, si espirituales o materialistas, si altruistas o mezquinos, si utópicos o pragmáticos; si, en definitiva, somos Don Quijote o Sancho Panza. Y ese es, a mi juicio, su verdadero magisterio, la razón de su trascendencia, la causa de que, hasta mediados del siglo XX, haya sido la tercera obra más traducida de la historia, después de La Biblia y de, aunque ahora pueda parecerles increíble, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez.
El Quijote es, pues, un ensayo afilado y atinado sobre la naturaleza humana, un cuadro que nadie supo plasmar como Cervantes y que por ello resulta tan aceptado tanto en las culturas occidentales como en las orientales, sean cuales sean sus pautas culturales. Es así: la literatura trasciende cuando su lectura produce un sentimiento de identificación, y ese sentimiento es mayor cuanto más se ajusta a la naturaleza humana, a los temas eternos que, produzcan placer o dolor, nos definen a todos. Al menos esa es mi opinión.
Por otra parte, creo que no se exagera cuando se afirma que, para la literatura posterior, El Quijote fue una obra esencial. Cervantes inventó la Novela o, al menos, el género novelístico tal y como lo conocemos hoy. Me parecen esenciales el uso de la estructura capitular, numerada y titulada, una novedad que Cervantes aportó al nuevo género literario. También la utilización de la narración dialogada con un signo específico (concretamente de un guión) antes de cada expresión del personaje que habla. Otra genialidad de Cervantes para una mejor comprensión de la novela y de la psicología de los personajes que hablan en cada momento. Y, por último, y eso también es novedoso de El Quijote, la importancia de la inclusión de las sabidurías y enseñanzas populares continuas en modo de refranes, sentencias, dichos, decires y apotegmas, presencia sin precedentes de lo popular en una obra culta.
Todos ellos son hallazgos creativos que agilizan la narración y que permiten al lector ser oyente o sujeto pasivo de una historia que alguien, desde el libro, le va contando, como sucedía con la transmisión oral de los cuentos y de las leyendas. Después de Cervantes se escriben así las novelas en todo el mundo, y así se caracteriza el género en todos los países, excepción hecha de novelas que buscan un cierto experimentalismo y de la gran parte de la narrativa anglosajona, reticente a tomar como propios hallazgos que no sean suyos, no vaya a ser que se les enfríe el té o se desmorone la Commenwealth.
Pero, siguiendo con la trascendencia de El Quijote, decía antes que este aniversario está permitiendo que llegue un ejemplar a muchas de las casas en donde no estaba. Si además se leyese, y se asimilaran sus enseñanzas, daríamos todos por bien empleada la celebración. Aunque tal vez nos conformemos, y no es poco, con que en esta sociedad, regida por el imperio de lo audiovisual, el hábito de la lectura sea considerado como normal, es decir, “se normalice” para quienes, hasta ahora, leer era poco menos que una excentricidad.
La cuestión que me ha hecho reflexionar estos días es dilucidar si El Quijote provoca hoy otras influencias, aunque llegar a cualquier conclusión se me antoja un esfuerzo innecesario. Cuántos escritores posteriores a Cervantes lo fueron o lo son por haber leído esa novela, es imposible saberlo; cuántas novelas se han escrito con la excusa de El Quijote, de don Quijote o de Sancho, es también imposible de decir; y qué influencias directas literarias puede tener la obra en las creaciones de otros autores, de nosotros, los escritores, es tan opinable que no me atrevería a expresar de qué modo y en qué proporción es o no es así.
En mi opinión, El Quijote tiene poquísima influencia en las creaciones actuales. Fue la obra de un momento histórico determinado y ahí fue oportuna su aparición. De hecho, creo que si se hubiese escrito hoy, o en 1605 hubiesen existido las condiciones de mercado de hoy, las empresas editoriales actuales, los gustos literarios de nuestros conciudadanos consumidores de libros y los medios de comunicación que hoy conocemos, Cervantes habría paseado su manuscrito de editorial en editorial sin que ninguna se lo hubiese publicado. No hubiese sido una excepción: tampoco conoceríamos Rojo y Negro, de Stendhal ni El jugador, de Dostoiewski. Y quién sabe si la mayor parte de nuestra novelística en castellano del siglo XIX.
¿Acaso los lectores de hoy hubiesen aguardado diez años, de 1605 a 1615, para leer la segunda parte de El Quijote? ¿Es que nuestra sociedad, consumista y apresurada, superficial y estresada, hubiese dado tiempo a Cervantes a detenerse diez años para escribir una segunda parte? ¿Él mismo se lo hubiese permitido? Dudo mucho que la banalidad de buena parte de la creación literaria actual, la presión del mercado, la presencia efímera de libros en las mesas de novedades y la urgencia por cuadrar la cuenta de resultados de las empresas editoriales hubiesen permitido la existencia de El Quijote y de la mayor parte de nuestro acervo cultural literario.
Por fortuna, el arte se abre paso por encima de nuestras pisadas. Pensándolo bien, creo que El Quijote hubiese sido descubierto, tarde o temprano, y rescatado del olvido. Porque es mucho más que una novela: El Quijote es una voz viviente, un libro que nos hace pensar, de ahí su grandeza; y Cervantes fue un ingeniero del alma.
El Quijote enseña, acompaña y entretiene. Creo que tenía razón Oscar Wilde cuando decía aquello de que si no se puede disfrutar leyendo un libro repetidas veces, de nada sirve leerlo una sola vez. Por eso El Quijote, teniéndolo a mano, se puede y se debe leer y releer sin fatiga.
Desearía expresarles algo más: a mi juicio, el patrimonio de un ser humano, pero sobre todo el de un escritor, no lo conforma los libros que ha escrito sino los que ha leído. ¿Me creerían si les digo que, por los libros que he leído, entre ellos El Quijote, me considero un hombre afortunado?

PERO VOLVAMOS A esta Calle del Libro en que se convierte Vallecas un año más. Y volvamos a la calle para tomarla. Para ser dueños de la libertad y de la cultura. A lo largo de la historia la cultura ha sido un bien celosamente guardado por la aristocracia primero y por la burguesía después para dominar y tiranizar, para resguardar el poder que pudieran reclamar los hombres libres e inteligentes. El poder nunca ha consentido formarse a los súbditos, ni prepararse, ni aprender.
Ahora las cosas ya no son así, aunque ciertos acuerdos vaticanos nos sigan recordando quiénes mandan y a quiénes o a qué intereses quieren servir. Aun así, ya no son iguales las cosas. La Revolución francesa, los movimientos sociales nacidos a lo largo de los siglos XIX y XX y el empuje de las clases trabajadoras durante el último siglo nos han convertido en seres libres y no podemos renunciar a seguir siéndolo. Ahora tenemos la cultura, o al menos la mayor parte de la cultura, a nuestro alcance. No lo desaprovechemos.
El poder nos permite ser cultos. A regañadientes, eso sí, pero nos lo permite porque no le hemos dado opción ni alternativa. Pero no podemos conformarnos ni engañarnos. Ser culto es poseer un mínimo barniz de saberes que nos sirvan para memorizar unos cuantos nombres y conocimientos, es decir, para alejar el aspecto de ignorantes. Pero nosotros debemos pretender ir mucho más allá: debemos buscar el modo de convertirnos en intelectuales, en tener una concepción intelectual del mundo, buscar respuestas a los grandes enigmas (de dónde venimos, a dónde vamos, quiénes trabajan a nuestro lado y quiénes contra nosotros). Y no debemos dejarnos confundir: no es la televisión que nos ofrecen como la única posible, ni los mensajes de las películas norteamericanas, ni el sectarismo de las noticias de los periódicos quienes deben decidir por nosotros. El poder acepta que seamos cultos, esto es, que poseamos la cultura que ellos nos permiten poseer. Pero somos nosotros quienes hemos de decidir qué ver, qué escuchar, cómo informarnos y qué leer.
No debemos permitir que los ministerios ni los concejales puedan pensar por nuestra cuenta. Ni mucho menos leer por nosotros. Ahora, que por primera vez en la historia de la humanidad disponemos de grandes posibilidades de acceso a la cultura, no lo desaprovechemos.
Por ello os invito a tomar la calle, a tomar los libros, a tomar la cultura.
La Bastilla de nuestros días es la Cultura, el Palacio de Invierno la Literatura, el Paraíso esta u otras bibliotecas como ésta. No consintamos en que mueran los libros ni los creadores. No dejemos que, otra vez, los dueños del poder y del dinero sean también los dueños de nuestra inteligencia. La libertad es nuestra y, como nadie tiene la posibilidad de dárnosla, porque ya no es suya sino nuestra, al menos no les demos la facilidad de, abusando de nuestra incultura, quitárnosla.
Estamos cercanos a cumplir la utopía de llevar adelante una revolución cultural a la que todos estamos llamados y en la que todos y cada uno de nosotros somos imprescindibles. Hoy Vallecas es la Calle del Libro. Mañana lo tiene que ser Madrid y después toda Europa y todo el mundo. La libertad es el primer paso para acabar con la pobreza extrema. Nosotros, que somos también la primera generación en la historia de la humanidad capaz de acabar con la miseria, no nos olvidemos tampoco de poner fin a la miseria intelectual. Porque a los seres humanos inteligentes y preparados no se les puede engañar.
Tierno Galván, el mejor alcalde de Madrid, lo dejó escrito: Más libros, más libres.
Yo os invito, como tantas veces hizo él, a gozar de la libertad.

Muchas gracias.
Vallecas, 20 de abril, 2005