|
por Diana Fernández Romero. |
||
|
Como cada tarde, salió de trabajar aturdida. Siempre corría al autobús para llegar pronto a casa, enchufar la televisión un rato, después el ordenador, revisar los correos, cenar algo ligero y meterse en la cama deseando que el despertador no sonara al día siguiente. Pero ese jueves, al traspasar el umbral de la oficina, el olor a primavera recién llegada le impulsó a pasar por delante de la parada del autobús y caminar sin rumbo, dejándose llevar por la brisa cálida que le acariciaba el rostro y le hacía ignorar el siempre incómodo ruido de los coches. Sus desconcertados pasos le llevaron a un pequeño parque semiescondido entre grandes bloques de pisos. Sin apenas pensarlo se adentró en él: era agradable, recoleto, apenas cuatro árboles daban sombra a otros tantos bancos. Estaba vacío. Eso le agradó. Sacó el libro que estaba a punto de terminar y se sentó en uno de los bancos. Poco a poco se sumergió en la lectura hasta que concluyó la novela. Cuando subió la mirada, se dio cuenta de que casi era de noche. Sintió frío y decidió marcharse a casa. Al levantarse algo crujió bajo sus pies. Apenas veía, pero observó que en torno al banco había un reguero de cáscaras de pipas y cacahuetes. ¡Qué asco! Pensó. Miró alrededor y vio que no había ni una sola papelera. ¡Dichoso ayuntamiento! No obstante, la experiencia le resultó agradable, así que al día siguiente, antes de salir de casa, cogió la novela que le regalaron por su cumpleaños y la metió en el bolso. “La empezaré en el parque, estoy cansada de leer en el autobús, me apetece hacerlo en un banco y disfrutar de mi barrio, quiero leer en mi barrio”, pensó. Apenas diez minutos después de terminar la jornada laboral ya se encontraba a las puertas del pequeño vergel. Sin darse cuenta se sentó en el mismo banco. Al sacar el libro del bolso algo se cayó al suelo. Fue entonces cuando se percató de que nadie había retirado las pipas ni los cacahuetes. Tras un fugaz enfado le asaltó la sorpresa. Aquellas cáscaras no estaban desperdigadas sin más. Formaban un dibujo, una bella caracola, y una especie de letras que no supo descifrar. Con una mezcla de extrañeza e intriga decidió cambiarse de banco para no deshacerlo, leyó hasta que cayó la noche y se marchó. Las tardes de lectura en el parque se convirtieron en rutina. Nunca se topó con nadie. Y siempre encontraba un dibujo nuevo bajo aquel misterioso banco con la misma materia prima. Una noche, antes de marcharse, se acercó hacia la figura. Era una pequeña embarcación coronada por estrellas. Sobre ella, colocó una rosa que le habían regalado en el trabajo. Se marchó emocionada, pensando en qué se encontraría al día siguiente. Aquella tarde solicitó a su jefe salir un poco antes argumentando una cita con el médico. A regañadientes accedió. Ella sonrió. Quizá esta vez encontraría al misterioso artista que cada jornada le regalaba una preciosa figura. Llegó casi corriendo, sin apenas resuello. Pero se paró ante la puerta. Tres hombres vestidos de verde estaban limpiando el parque. Habían instalado papeleras. Vio cómo uno de ellos se llevaba con su rastrillo sin ninguna sensibilidad una nueva figura de pipas y cacahuetes, que a pesar de la distancia, adivinó que era un corazón. Había dos rosas más aparte de la suya. Sintió una profunda angustia. Salió corriendo. Nunca más volvió al parque. Una nueva ilusión se había visto frustrada. De nuevo el autobús, novelas empezadas y terminadas entre empujones y vaivenes. Televisión, correo y cama solitaria con frías sábanas. Despertador. Pero en su bolso, desde entonces, siempre pipas y cacahuetes.
|
||
|
|
||
|
|
||