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"Leer en mi barrio"
Colegio Centro Cultural Palomeras. |
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El fuerte rugir de un coche lo despertó. Pronto, el dolor de todos los huesos de su cuerpo, y el hedor de su propia persona, le hizo recordar dónde estaba: tirado en el suelo de una plaza, en una ciudad asquerosa. Intentó incorporarse, pero el dolor de espalda, consecuencia de tantos años durmiendo en la calle, se lo impidió. Por fin, y con un soberano esfuerzo, consiguió levantarse y mirar el panorama que tenía delante. Por la luz que había no debían de ser más de las 7 de la mañana, y por lo visto, la noche anterior había llovido, ya que la calle parecía mojada y había charcos por todas partes. Se levantó y se sacudió la andrajosa ropa que llevaba. Apenas había gente en la calle y aunque los autobuses pasaban con muy poca frecuencia, ya caminaban por las calles los más madrugadores. Se fijo atentamente y vio que varios de ellos iban leyendo el periódico. Lo que él daría por poder comprar su propio periódico, y no tener que pedirlo en algún bar al final del día, ni tener que cogerlo de la basura. Tras varias horas, el cielo empezó a aclararse, y las calles fueron llenándose de gente. Él estaba sentado en un banco de la misma plaza en la que había despertado y miraba con atención a la gente que pasaba por allí; muchos leían el periódico, otros caminaban escuchando música y varios chicos y chicas jóvenes leían sus libros de texto, dando un último repaso. En cierto modo, los envidiaba. El había sido uno de los pocos de su generación en su barrio que había terminado su educación, y a pesar de que hacía mucho de aquello, recordaba como si fuera ayer el entusiasmo y la ilusión con la que se volcaba en sus estudios y en todo tipo de lecturas. Su historia era bastante particular: había sido el mediano de una familia muy humilde, en la que había 5 hermanos, todos varones. A pesar de que su familia fuera algo pobre, no desencajaba en el barrio en el que vivían. Este era un barrio obrero, donde la mayoría de las viviendas eran chavolas, construidas en medio de la noche empezando por el tejado para evitar que la policía las tirara abajo. Aún recordaba los madrugones con sus hermanos, para atravesar todo el barrio con las calles anegadas de barro, y llegar después de 40 min. a la escuela, donde no había calefacción, y las sillas y las mesas eran una ruina. A pesar de todos esos obstáculos, él se levantaba todos los días con entusiasmo para ir a la escuela. Poco a poco sus hermanos y sus amigos fueron dejando la escuela para empezar a trabajar. Sin embargo él seguía estudiando, con muchas ganas, deseando sólo aprender y leer todo lo que caía en sus manos. Esto último realmente le apasionaba, sus maestros le prestaban los escasos libros que poseían, y siempre encontraba alguna revista por ahí tirada. Pero el tiempo fue pasando y como la matrícula de la universidad era imposible de pagar para sus padres, comenzó a buscar trabajo. Pero a pesar de sus esfuerzos por encontrar un empleo en pocos lugares le aceptaban pues ya era mayor para empezar a aprender un oficio y tampoco podía aspirar a mucho más. Por eso comenzó a trabajar en cosas poco importantes, cobrando una miseria y partiéndose el lomo, hasta que los años comenzaron a pasarle factura, y ya no pudo acarrear tanto peso como antes. Un día, en una obra, se le cayó un andamio encima y quedó postrado en una silla de ruedas. Tras un tiempo se recuperó, pero ya no pudo mantener el ritmo de trabajo, y desde entonces vivía en la calle. Jamás había admitido que vivía en la miseria, en la indigencia; por ello nunca había ido a dormir a un albergue simplemente cuando llegaba la noche buscaba un lugar cobijado y si no lo encontraba se tumbaba en un banco o en el suelo sobre unos cartones. El terminó por echarle la culpa a los libros y los estudios, pensaba que si hubiera comenzado a trabajar desde joven no le habría pasado aquello. No volvió a coger un libro en muchísimos años. Sin embargo, ahora cada vez lo añoraba más. Aunque sabía que los libros no le iban a devolver lo que necesitaba. Siguió mirando a los agitados transeúntes, dejando pasar las horas, sin nada que hacer. A veces pasaba las horas en un banco de la plaza, pero esas tardes en que el cielo estaba encapotado, en aquellas tardes en que la lluvia amenazaba con caer y cuando no había un alma en la calle, le gustaba pasear por el parque. Era primavera, y el olor fresco de las jóvenes briznas de hierba y el color rosado pálido de los árboles en flor lo extasiaban. Los pájaros cantaban de una manera suave, y el aire le sacudía las preocupaciones. Al tiempo que caminaba, podía oír el crujir de la tierra bajo sus pies. Entonces la vio. Había una chica sentada en un banco. No le habría llamado la atención de no ser por dos pequeños detalles: su cara le era extrañamente familiar, y estaba leyendo. Se acercó lentamente, con cautela, hasta estar suficientemente cerca para distinguir sus rasgos: el cabello liso y castaño casi pelirrojo, enmarcaba unos ojos muy oscuros, casi negros. Una pequeña nariz adornaba el centro de su cara y sus labios se asemejaban a los de las muñecas de porcelana. Muy lentamente se sentó en el banco. Entonces ella levantó la cabeza y lo miró extrañada, entre preguntándose por que aquel viejo la miraba con tanta curiosidad, y pensando en echar a correr. -¿Estas leyendo?- preguntó él. - ¿No es obvio?- respondió ella. -¿Qué estás leyendo?- siguió él con el interrogatorio. -La Voz Dormida- le contestó ella, girando el libro para que el señor pudiera ver la portada. En ella aparecía una señora más o menos joven, que tenía en brazos a un niño pequeño, un bebé. El título le llamó la atención. -¿Y de que trata?- Ella le miró exasperada, deseosa de regresar a su lectura. El comprendió que estaba molestando a la muchacha, así que se levantó para marcharse. Pero justo cuando se estaba dando la vuelta ella le contestó. -¡Espere! Trata sobre un grupo de mujeres presas durante la post guerra, aquí en España. - No te molestaré más, solo quiero hacerte un par de preguntas más- le dijo él. –Dispare- le contestó ella, con el brillo de la curiosidad en los ojos. -¿Consideras que ese libro te ha aportado o enseñado algo? Ella lo miró, entre divertido y confusa, pero se dio cuenta de que estaba hablando en serio. - Pues…creo que es un claro reflejo de cómo era la sociedad entonces, sus ideas, calores y costumbres; y supongo que no es una enciclopedia, pero creo que cada libro te aporta algo nuevo, por pequeño que sea, aunque solo signifique huir de la apestosa realidad por unos instantes- le contestó. El se quedó mudo, observando a aquella chica de rasgos tan peculiares y familiares al mismo tiempo, y que le acababa de dar en 30 segundos las respuestas que llevaba buscando toda una vida. -¿Cuál es la segunda pregunta?- le preguntó ella, ansiosa por enfrascarse de nuevo en su lectura. -Si, ya. Ya se que te parecerá tener mucha cara por mi parte pero, ¿tendrías algo de leer para dejarme?- -Sí, por supuesto. Y no me parece mal, aunque si me sorprende un poco. Tome- dijo sacando un libro forrado con papel de periódico- La sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón- Tomó el libro entre sus manos, y casi temblando se volvió a sentar y abrió el libro por la primera página. Pronto volvió a sentir aquel imán que le impulsaba a leer frenéticamente, y fue pasando las páginas con rapidez, a medida que transcurrían los minutos. Algunas horas después se despidieron. Antes de marcharse la chica le dijo que ella iba al parque todas las tardes, y que si quería saber como continuaba la historia, tenía que ir a que le dejara el libro. Aquella noche, él soñó con aquella apasionante historia que le había hipnotizado. Sus personajes poblaban sus sueños e incluso se veía reflejado en alguno de ellos. Pasaron los días, y él avanzaba cada vez más en la historia. Siempre que llegaba al parque, su extraña compañera de lecturas ya estaba allí, aunque ya había cambiado varias veces de libro. A veces hablaban, intercambiando alguna pregunta, pero nunca incurrían en lo personal. Ninguno conocía al otro, y en el fondo ambos lo preferían así. Pero un día las cosas cambiaron. Aquel día estaba lloviendo. Él sabía que ella no estaría en el parque, pero si había algo que le gustara más que caminar por el parque, era hacerlo cuando llovía. La lluvia le caía sobre la cara, y los cabellos, despejando el pesado aire de la ciudad. Durante aquellos días en los que la lectura le había absorbido, apenas le habían aquejado los problemas cotidianos. Cada vez se sentía mejor. Siguió caminando, dejando que la lluvia limpiara esa niebla que se nos cruza en la mirada, y que en ocasiones nos impide ver las cosas con claridad. Poco a poco se fue acercando a la cúpula que estaba en medio del parque, y para su sorpresa, ahí estaba ella. Pero había algo extraño en ella. El cabello, casi siempre suave y liso, ahora se encontraba mojado y algo enredado. Los ojos de la muchacha estaban rojos y denotaban un gran cansancio. El fue y se sentó enfrente de ella debajo de la cúpula. -No parece que hoy sea tu día- comentó él, mientras la observaba - no, desde luego- musitó ella- hoy no es mi día- -Ya se que ahora mismo querrás estar sola, pero es que está lloviendo a mares ahí fuera, y me gustaría esperar a que pasara la tormenta- comentó como el que no quiere la cosa. - Haz lo que quieras. Pero hoy no he traído nada para leer- respondió ella. -Oh¡ eso no será necesario. Si no tienes nada mejor que hacer, me gustaría que escucharas una historia- dijo el. Y entonces comenzó. Le contó toda su historia, aunque omitiendo que era la suya. La cantó como el mejor de los escritores, como el más interesante de los libros. La chica, que al principio estaba en la inopia, fue absorbida poco a poco por la historia, trasladándose a la ficción, y huyendo de la realidad. Aquella noche, durmiendo en un alberque después de muchísimos años sin dormir en una cama decente, él recapacitó. Realmente tenía que admitir que era un indigente, que no tenía nada y que necesitaba ayuda. Era posible salir de ahí, si se esforzaba, si trabajaba con ahínco. Los libros no te daban de comer y tampoco tenían dinero entre las páginas. Pero realmente era lo único que le hacía distraerse, mejorar como persona. Cada libro significaba un mundo nuevo, un mundo por el que podías decidir entre sumergirte o simplemente verlo desde arriba, un libro era como la vida: podías hacerte dueño de tu vida, dueño de tu futuro y de tus actos, o podías rendirte como había hecho él y ver la vida pasar. Pero ya no iba a volver a rendirse, ya no se dejaría arrastrar por el pesimismo y el desasosiego. Ahora iba a hacer algo con su vida. |
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